martes, 22 de agosto de 2017

Oscuridad.


Todo está oscuro.  Solo puedo sentir la humedad en el fondo del pozo. Las piedras alrededor están heladas y no puedo ver nada.
Al principio respiré profundo. Pensaba que podría salir en cualquier momento. Veía destellos de luz a lo lejos y me convencí de que había salida.
Empecé a desesperarme y grité. Grité, pero solo escuchaba  el eco de mi voz. Me pareció escuchar voces a lo lejos, ver siluetas asomadas en la boca del pozo pero no se quedaban, no respondían, ni siquiera sé si solo eran producto de mi imaginación.
Decidí esperar... “Quizá fueron por ayuda”, pensé. Y esperé hasta que la luz se fue desvaneciendo y solo quedó la oscuridad.
Me envolvió la inmensa negrura en ese espacio y no podía ver nada. Mis ojos se terminaron adaptando y decidí sentarme. Seguramente llegarían, alguien notaría mi ausencia y vendría por mí.
Me adormité, agotada. Nadie llegó. Desperté, sola; sin noción alguna del  tiempo que llevaba ahí dentro.
Nadie notó que no estaba. Estaba sola... Sola y a oscuras. Conmigo. Como si no me odiara lo suficiente ya.
Lloré. De tristeza, de amargura, de impotencia. Como niña perdida porque se soltó de la mano de su madre. Lloré cansada, sola, muda... hasta volver a quedarme dormida sin fuerzas. Y así una y otra vez.
Desperté un día y ya no tenía lágrimas. Se acabaron. Estaba demasiado débil para hacer algo y solo me quede acostada ahí, en el frío, en la penumbra. Se me había olvidado sentir sed o hambre. Solo quería cerrar los ojos y dormir para dejar de escuchar los pensamientos retumbando en mi cabeza.
No me agrado, no me soporto; entonces me torturo, me culpo, me agredo. Me arañé los brazos para ver si estaba viva aún. Debía estar sangrando y no lo noté. Sentía dolor, mucho, pero me acostumbré a eso.
Los días eran siempre el mismo día. Ya ni sabía si eran días, horas o años. Solo estaba ahí, en ese limbo suspendida. Había dejado de esperar. Empecé a creer que lo merecía. 
Desperté otro día de un brinco. Como si mi cuerpo a punto de morir se hubiera cargado de adrenalina en un último intento. Hoy es ese día.
Me puse en pie, siento la humedad del fondo del pozo en mis pies. Toco las paredes, Intento subirlas pero me resbalo una y otra vez. Me pesa el cuerpo, el alma, me pesa toda yo. Golpe tras golpe, continúo con mis intentos de salir.
Grito, rasguño esas piedras, busco aire porque siento que poco a poco se me va de los pulmones. Se me cierra la garganta. No puedo respirar. Noto que algo me detiene, me agarra, me vuelve a tumbar. Pataleo, brinco, sigo intentando ascender como puedo.  
Sé que tengo que salir pero algo me atrae al fondo como la gravedad. Una sombra se aferra a mí. La miro con tristeza. Debo sobrevivir o morir con ella. O no... O quizás si yo salgo, pueda ella también ser libre. Alguien tiene que hallar la salida. 
Necesito salir, por favor, suéltame. Hoy es mi último respiro. Suéltame, déjame ir. Cierro los ojos... Que sea lo que Dios quiera. 






jueves, 30 de junio de 2016

El Tiempo.

El tiempo apesta. Es lo que me vengo repitiendo desde hace unos días…
El tiempo que perdemos y se traduce en vida perdida. El tiempo que pasa rápido mientras corremos hacia lo que queremos sin alcanzarlo.
El tiempo que pasa lento para sanar heridas, para olvidar, para dejar de sentir.
El tiempo es una sensación que nunca juega a favor. Se escurre de las manos o se hace eterno cuando justo esperamos lo contrario.
El maldito tiempo es el enemigo. “Tiempo al tiempo” ¡Ja! Tiempo al tiempo y ¿cuándo es MI tiempo? 
Si pudiera detenerse para estar en pausa, para respirar… si pudiera adelantarse para huir, para dejar atrás. O incluso devolverse para corregir, para evitar, para refugiarse en el tiempo que nos pareció mejor. Soñar no cuesta nada.
El tiempo es tiempo y corre o se detiene a su propio antojo, es libre de nosotros, que pretendemos controlarlo todo, mientras nosotros somos presos de él.
El tiempo es un asco. Es lo que siento en estos días. Y lo irónico es que lo que siento que necesito es justamente eso, tiempo… Y como todos los días, cada vez tengo menos.


sábado, 7 de noviembre de 2015

De la intuición femenina

Un vacío en el estómago, una inquietud persistente, una sensación inexplicable de que algo está mal pero no sabes a ciencia cierta qué es. Alertas gritándote en algún lugar, ideas aparentemente sueltas u absurdas, reacciones inesperadas sin sentido aparente. Alguien o algo metido entre ceja y ceja, una idea que martilla en tu cabeza que intentas hacerla a un lado pero no se va. Esa sensación que ignoramos frecuentemente porque muy en el fondo sabemos que cuando aparece, lo que nos espera es la rabia, la decepción, el dolor insoportable... Eso que llamamos intuición. ¿La escucharás la próxima vez? 

Esta es una historia real. Le sucedió a la amiga de una amiga...

Historia N° 1- La primera impresión.

Era la primera vez que Paola salía a rumbear con los amigos de Enrique. Llegó una amiga de él y a Paola le cayó como gancho al hígado. Llegaron al sitio donde iban a bailar y en medio del baile la tipa le hacía ojitos a Enrique. Paola harta de las miraditas y de comentarios inoportunos de la tipa en cuestión, se llevó a Enrique aparte y decidió preguntarle qué coño pasaba con la dichosa amiga. Él le decía que nada, que era imaginación de ella. Siguieron bailando y la cuestión continuaba. Paola se enojó y en últimas le terminó respondiendo a la tal amiga de Enrique. Nuevamente apartados, hablaron del asunto y Paola le dio un ultimátum: o le decía que carajos había ahí con la tipa o ella se largaba y listo. Finalmente, Enrique terminó confesando que la amiga en cuestión era la mejor amiga de una ex y que al parecer, la tipa había gustado siempre de él. Paola sintió un alivio, después de todo no era su imaginación.


Historia N° 2- El beso fallido.

Andrés y María tenían un mes sin verse. Andrés fue a visitar a María, salieron a caminar y en un parque solo, Andrés se detuvo e intentó besar a María. María volteó su rostro rechazando el beso sin explicación alguna. No estaban disgustados, ni siquiera María comprendió qué le sucedió y se disculpó con Andrés.
Cuando llegó la hora en que Andrés debía despedirse, besó a María, quien esta vez no le retiró la cara pero no se sintió del todo bien con el beso. Fue una sensación extraña.
A los 15 minutos, María recibe una llamada de su amiga Margarita, quien le pregunta si habló con Andrés. María, extrañada le dice que se acaba de ir pero que no hablaron de nada en especial y obviamente, omite el incidente del beso. Margarita, luego de dar mil vueltas, termina confesándole a María que el día anterior se había besado con Andrés y que se suponía que él se lo iba a contar esa noche, cosa que evidentemente nunca pasó. María sonrío y todo tuvo sentido.

Historia Nº 3- Berta

Daniel asistió a un evento de su universidad en otra ciudad. Cuando regresó, fue a visitar a Marta, su novia. Daniel llegó contando lo bien que la pasó con sus nuevas amigas, sin embargo Marta notó cierta emoción particular al mencionar a una tal Berta. Cabe decir que Daniel era un tipo de pocos amigos y al regreso de ese viaje, parecía otro. Marta en parte se alegró por él; ya era hora que tuviera amigos, aunque con el pasar de los días, la alegría de Marta se convirtió en confusión. Daniel solía ser frío e incluso Marta debió volverse fría con sus amistades para evitar malos entendidos con Daniel, y de repente, Daniel era todo lo que alguna vez criticó de Marta e hizo que cambiara. 
Marta solo pensaba en que de alguna forma él quería conservar sus nuevas amigas y dejó fluir las cosas sin decir nada. Algo le inquietaba, algo no estaba bien. Daniel seguía mencionando a Berta para todo y en cada conversación surgía ese nombre que tan fastidioso se había hecho para Marta. 
Abiertamente, Marta lo cuestionó sobre si tenía sentimientos especiales por la susodicha y Daniel negó todo, alegando que era solo la novedad de tener amigas y que esa era la más cercana. 
Marta no quedó tranquila con esa respuesta y poco a poco fue descubriendo que incluso Daniel le mentía u omitía cosas cuando se trataba de Berta. En una confrontación, Daniel terminó confesando que sentía atracción por Berta incluso desde antes del dichoso viaje. 

Historia Nº 4- El desvío del camino.

Adriana llamó a su novio Felipe antes de salir. Se suponía que iban a salir por la noche a un bar y que Felipe, quien había estado enfermo, iba a pedir el permiso para salir a pesar de que probablemente su padre le dijera que no ya que no estaba del todo mejor. Felipe debía permanecer en casa para obtener el permiso. Adriana salió con Jairo, su amigo, al supermercado y de regreso, le entró un impulso de desviar su camino de la calle de siempre por otra calle diferente, donde casualmente vivía la ex de Felipe. Jairo insistía en que no tenía nada que buscar por esa calle sino problemas, que mejor siguieran derecho. Adriana no escuchó a Felipe y siguió por la calle de la ex . Al pasar por la casa de la ex, vió bajar a un amigo de Felipe, quien se suponía estaba visitándolo. Adriana llamó de nuevo a Felipe y no le contestó. Luego de un rato, Felipe llamó a Adriana, quien escuchó ruido y una voz de fondo que reconoció al instante: "¡Ya estás llamando a esa!". Felipe intentó mentir y dar una excusa rebuscada... Adriana lo mandó a la mierda.

Historia Nº 5- La variable en la ecuación.

Carmen estaba saliendo con Iván. Iván dejó olvidada en un taxi una herramienta nueva yendo a su trabajo. Buscó como loco, llamó a amigos y a la compañía donde había solicitado el taxi pidiendo que por favor le devolvieran su herramienta. Carmen pasó la tarde con él y, hasta el momento en que se fueron, no habían noticias del bendito aparato. Yendo en bus camino a la casa, Iván recibe una llamada de "alguien" desde su lugar de trabajo. Carmen no preguntó quien era y solo alcanzó a entender que el taxista había ido a entregarle el artículo y que se lo habían asegurado allá, sin embargo, algo en el tono de voz alertó a Carmen, pensando automáticamente "Es mujer y tienen su cuento."; incluso tenía un nombre en su cabeza. Carmen lo dejó pasar y solo se alegró de ver a Iván aliviado por la aparición de la dichosa herramienta.
Iván solía decirle a Carmen "jugando" que tenía 3456 viejas más...Eran las variables en la ecuación pero según él, Carmen venía a ser la constante. Carmen sabía que al menos habían dos variables más en la dichosa ecuación y tiempo después, cuando se aburrió de sentirse una variable más y logró despejar dos de ellas, dejó a Iván. Sin embargo, no fue sino un año después de haberlo dejado, cuando en medio de una pelea de la nueva novia de Iván con una compañera de trabajo de ambos sus dudas se confirmaron, despejando por fin la variable de la llamada telefónica. Si, era el nombre en su cabeza y efectivamente, tenían su cuento para las fechas en que Carmen e Iván salían.
Iván la miró y agachó la mirada. Carmen sonrío porque una vez más, como en todo lo relacionado con Iván, tuvo la razón.



martes, 27 de octubre de 2015

Malo si si, malo si no.


Palabras. Confesiones. Recuerdos. Historias.
Lo que alguna vez fue, lo que ya no es. 
Un libro abierto, una ventana transparente,
Al cerebro, al alma. 
La puerta de par en par sin cerraduras
O candados bloqueando el paso.

Silencios. Omisiones. 
Obligados. Recomendados. Ingenuos.
Porque la ignorancia es felicidad
O porque la verdad duele
O porque pesa demasiado el pasado.
Inocencia. Lo irrelevante a un lado dejando.

Preguntas. Deducciones. Inferencias.
Juicios. Malo si si, malo si no.
Porque lo dicho puede ser usado en tu contra,
Porque lo callado puede destruir o poner en duda.
¿Cómo saber si la verdad es soportable,
Si el pasado perdonable,
O si es mejor sellar los labios?

¿Cómo saber si la sinceridad está sobrevalorada,
Si ojos que no ven corazón que no siente,
Si el desconocimiento da paz
O si, no importa qué, es mejor hablar?
Desacuerdo. Dilema. Malo si si, malo si no.



sábado, 1 de febrero de 2014

Respuestas I




…¿Que por qué escribo?  Tantas cosas. Necesidad básicamente.
Escribir es un intento de exorcismo.
Es decir lo que no se ha dicho, lo que necesita decirse, lo que no se dirá verbalmente.
Es ser otros o uno mismo; el de hoy, el de ayer, el que queremos ser.
Es disfrazarse de otras pieles, vivir otras vidas, conocer otros mundos; o es desnudarse, quitarse hasta la piel y tirar los huesos, el alma expuesta, vulnerable, visible.
Escribir es un impulso que quema en la piel, que mueve las manos, que revuelve el estómago y abruma  tu cerebro.
Es llegar a otros, transmitir, conectar, tocar con las palabras. 
Es sentimiento, es sensación. Es confrontación con lo mejor o lo peor. Es liberarse y libertar.
Respirar, volar, crear, destruir, recibir, despedir, entregar, despertar, luz, oscuridad, claridad, locura, alivio…
Escribir es como aire a los pulmones cuando sientes que te ahogas y ya no puedes más. Es sin duda, para algunos, necesario.

¿Por qué escribo? Por salud mental.

Si, por necesidad definitivamente. 




jueves, 2 de mayo de 2013

Trío.

Ahí estás, siempre sentado a los pies de mi cama, esperando pacientemente que algún día no te soporte, que  tu presión en mi psiquis pueda más que mis ganas de andar y termine cediendo. Me miras sonriente, casi sádico, cínico, sátiro, cada noche; a veces te inmiscuyes en mis sueños convirtiéndolos en pesadillas que luego, cuando despierto sudando llorando o con rabia, celebras divertido, satisfecho.
Me miras igual que la otra, sentada cómodamente en el sillón de la esquina. Ella, la ambigua, altiva y humilde, la amiga que odio, la enemiga que valoro. Siempre ahí, mirándome; unas veces me tira, me confronta, me duele, en su silencio acostumbrado donde resuena el eco de mis pensamientos. Otras me abraza, me acoje, y entonces me envuelve, me calma; irónicamente su lealtad no tiene límites. Es la única que no abandona.
Y así compartimos mi habitación, conviviendo en este trío disfuncional.
A ti te miro con desprecio, te aprendo, te supero, te sobrevivo. Reconozco las batallas que me ganas pero sabes que no desistiré hasta ganarte la guerra. Eres persistente, yo soy la terquedad encarnada. Y el orgullo que me queda me mantiene firme, aun si me ves de muerte lenta y tirada al suelo, sigo firme.
A ella la acepto, después de todo crecí con ella. La miro con tristeza y con agradecimiento. Con ella me debilito y me fortalezco, me oprime y me obliga a respirar. Aunque me queje, en realidad es mi amiga fiel y en parte, la necesito.
Y así, sépanlo ambos, que hasta el día que cruce mi puerta, la que sé que vendrá sin conocer el cuándo, y quedemos  los cuatro en el mismo sitio, seguiremos en esta rutina de (in)sana convivencia.
A ella la odiaré y la amaré siempre, me tiraré a sus pies mientras me estrella para luego consolarme y seguiremos en nuestra relación pasivo-agresiva.
A ti... A ti te miraré con desdén, te ignoraré o te haré frente si estoy de humor o según sea necesario y siempre cruzaré la puerta para salir a vivir aun cuando tu pretendas inmovilizarme. A estas alturas, ya debes saber que no soy como los demás. Yo aprendí a coexistir con ustedes y los demonios que me han creado. Así, con el peso y el estorbo de caminar rodeada por sus malditas creaciones, seguiré haciéndolo y nadie nunca dirá que me di por vencida, aun cuando a veces lo he llegado a desear con desesperación.
Y sobre la cuarta de nosotros, bueno... Será en otra ocasión.



Alma

Cínica. Desfigurada. Un alma hecha una extraña.
No es lo que era ni lo que quería ser. Irreconocible.
Tal vez una maraña de miedos, herencia de las pérdidas. Tal vez un cadáver.
Tal vez una jauría de fantasmas con los que tiene una relación civilizada.
¿Murió naturalmente o la mataron? Tal vez un poco de ambas.
¿Cuántas almas sobreviven al desgaste, la impotencia, la melancolía o la soledad?
Después de todo, ¿cuántas almas viven realmente hoy en día?
Melancolía; enfermedad de tristeza persistente, intoxicación de recuerdos, sobrecarga mental.
Soledad; leal, fría y cálida, irónica, aliada y enemiga, constante, eterna. Repleta de todo y a la vez de nada.
Cansancio. Lo que queda de cargar con ese peso muerto del alma agonizante, del caos de pensamientos sin poder apagar la conciencia, del jugar al escondite con los temores, la rabia y los dolores. De todos, de todo, de mí.
Muerte. Una y otra vez muere el alma. Cuando no hay donde correr, lágrimas para llorar, abrazos que recibir, bondad para entregar. Hasta que resucita para seguir el mismo ciclo.
Muerte es lo que pasa una y otra vez.
¿Y  si tal vez morimos juntos, una y otra vez?
No quiero seguir muriendo sola. ¿Y si tus demonios y fantasmas se entendieran con los míos? Quien quita, quizá nos abandonen para ser felices juntos.
¿Te quedarías, una y otra vez, viviendo y pereciendo con esta alma extraña? Quizá en los fallecimientos sucesivos podrías guiarme para reconocerme o reinventarme.
Amor. La magia de creer. Esperanza. Es siempre lo único que en el fondo se mantiene.



Peticiones


No me cargues con culpas que no me pertenecen, que las mías ya me traen con exceso de carga.
No me digas que soy inútil o estúpida. Estoy demasiado sensible. 
No me juzgues por lo que fui; intento huir de mi peor versión y perdonarme me cuesta. No ha sido fácil derrotar sola al monstruo que tantos ayudaron a crear.
No insistas en que nunca cambiaré o en que repetiré mis errores anteriores o en recordármelos uno por uno; yo mejor que nadie los conozco, por eso intento resarcirlos.
No me pidas que no me queje; sonreír y callar es un disfraz elaborado que no todos los días quiero vestir. Déjame gritar, llorar, maldecir por dolor o rabia… a mi misma, a ti, al mundo.
No me digas que respire si el aire a veces pesa.
No me hables de paciencia o esperar que el tiempo pase; ha pasado tanto tiempo y la mierda no se va. Estoy harta del aguante que tanto me exigen.
No me exijas fortaleza; las fuerzas a veces me abandonan. Tengo derecho a pedir ayuda o a echarme al suelo si no puedo más.
No me mandes a callar por favor. Las palabras a veces me desbordan, necesito alguien que me escuche sin sermonearme con todo lo que ya dije.
No tengas lástima de mi, no me mires acabada aun cuando así me sienta. No esperes que lo pida porque los restos de mi orgullo no me dejan. Dame la mano, levántame, abrázame, escúchame, guarda silencio y ámame, demuéstrame, sosténme, acompáñame en mi infierno mientras pasa la oscuridad y resguardame en un abrazo, y dibújame el sol en un beso y una mirada que me ayude a mantenerme en pie cuando no me soporto ni yo misma, cuando no puedo conmigo.
¿Estaría mal necesitarte de esa manera?




Paréntesis.


Abro paréntesis. 
Voy a tus brazos. A descansar en tu pecho y sincronizar mis latidos con los tuyos. 
Repaso con mis dedos cada parte de ti, te miro como si fuera la última vez que pudiera hacerlo, tengo grabado cada detalle de tu rostro... Así puedo verte claramente al cerrar los ojos. 
Se eriza mi piel al contacto con la tuya...Tus manos y mi piel se reconocen, se atraen, se necesitan. 
Y te miro y no quiero dejar de hacerlo porque temo que si espabilo te desvanecerás. 
Me acurruco en ti, me abrazo a ti y a la paz que me das. La que siento desde la primera vez que nerviosamente te besé y tímidamente me tocaste. Esa paz de haber encontrado el lugar al que pertenezco. Porque desde la primera vez que te vi, te amé, y supe que te amaría siempre y un día más. Supe que sería tuya y supe que te quería mío. Supe que mi lugar está contigo. Y es que a tu lado dejo atrás el enorme vacío, los dolores y sin sabores de mi vida. ¿Y si te vas? Espanto la idea. No quiero que suceda nunca. Cierro paréntesis.





martes, 20 de noviembre de 2012

La falacia de la risa

Reír, sonreír... Falacia de Bienestar. Porque buscan la risa en los labios y la carcajada estruendosa, no los ojos sonriendo o la silenciosa risa del corazón.
Sonreír, reír... Porque ayuda a sobrellevar cargas, a sobrevivir al dolor, la ira o el temor, cuando llorar se ha vuelto tan agotador y fastidioso.
Reír, sonreír... Porque la intención humorística es también un mecanismo de defensa o porque ante la impotencia y las ironías cotidianas solo queda eso.
Porque es mas fácil andar sin el consuelo falso o la lástima de otros o porque mitiga de vez en cuando la soledad de siempre.
Sonreír, reír... Para sostenerse a medias, para evitar caer. Por orgullo o por defensa, para parecer fuerte aunque sea fachada. 
Reír, sonreír... Porque la sonrisa no es siempre sana, también puede ser neurótica o psicótica. Porque se vuelve un reflejo, se hace casi tan automático como respirar.
Sonreír, reír... Espejismo de felicidad. 







martes, 23 de octubre de 2012

A los 12 años.


Verte crecer y presentir tu camino,
Verte llorar por el amor ausente, 
Verte sufrir por el amor silente, 
Verte esperar señales que nunca aparecieron.

Abrazarte, mientras me aturden tus gritos,
Sentir tu dolor en mi pecho,
Derramar una lágrima muda contigo,
Por darte ánimos, por parecer fuerte,
Por todos los sueños que ese día en ti murieron,
Los imposibles, los que en realidad te asesinaron.
Te mataron por dentro.

A los 12 años lloré contigo,
sin que pudieras sentirlo, sin que pudieras verlo.
Lloré porque lloraba un niño,
Lloré porque supe que era el día de tu muerte.

Cambios, penumbras, 
Ojos apagados, ojos muertos,
Tan muertos como el ideal que tenías de tu madre,
Tan tristes como la impotencia que debió sentir tu padre.
Tan solos, tan idos...
Sin alma, sin bríos.

Tan rojos de llorar o de drogarte,
Tan opacos divagando en otros mundos.
Tu voz se hizo un hilo, tu alegría te abandonó.
Hasta tu cuerpo tomó forma de cadáver,
Perdiste cuántos kilos?

Dejar de verte. No escucharte.
Orar por ti, por luz en tu camino.
Temer lo que presentí,
Lo que a los 12 años vi en tu destino.

Dejar de verte e imaginarte,
en tu carrera suicida, en tu muerte buscada,
no la de tu alma que fue destruida,
no la de tu espíritu, si ya no sientes nada.

Verte de lejos un par de veces,
Verte vagando, verte como un extraño.
El extraño en que te convertiste desde los 12 años,
Acordarme del niño que aun me duele,
Del que creció conmigo y tomaba mi mano,
Pensar que te me fuiste y aun a pesar del tiempo,
Vivir matando esperanzas que sé, serán en vano.

Pensarte y elevar plegarias,
Porque al menos cuando te llegue la hora,
No sea para ti una agonía, 
No tenga ese trance ninguna demora.

Llorarte en silencio como siempre lo hago,
Resignación. Angustia. Melancolía.
De nuevo resignación. 
Seguir con mi vida, guardarte luto en cada pensamiento.

Pensarte días seguidos,
Y como hoy, temer el aviso
Que nos confirme que ya te has ido,
Que no te veremos, que se ha cumplido
El vaticinio que vivimos temiendo. 
A pesar de todo, tengo un especial ruego,
Que donde estés puedas sentir,
Que te hemos querido.
Te perdonamos.
Perdona.
Te seguimos queriendo.



Por más discusiones que haya dentro de tu casa,
Por más que creas que tu amor es causa perdida,
Ten la seguridad de que ellos te quieren
Y que ese cariño dura toda la vida. 




De la noche.


Bajo el sol deambulamos siendo parte de la masa. El trabajo, la familia, los amigos, el bus, el restaurante, el cine, el parque, las escuelas, la plaza, la oficina, el hospital, el estadio, el café, el bar ... Todo de todos y donde están todos.
Y se es el que para bien o para mal termina encajando en la Zoociedad. Toma vida el disfraz, la máscara, el maquillaje, el antifaz; que juega su papel en el teatro gigante de la dichosa convivencia.
Unos menos ocultos bajo el ropaje, unos expertos actuando y otros pésimos pero nunca del todo genuinos.
En el día somos lo que nos imponemos ser para sobrevivir. Somos lo que las normas dicen, lo que la diplomacia y las buenas maneras imponen, lo que la moral y la religión exige, lo que el orgullo nos impulsa. Somos mierda de aquí y de allá, la sonrisa engañosa, el abrazo frío, la palabra vacía, el beso acostumbrado, el saludo obligado.
Así hasta que acaba el día. Entonces arremete la noche; la soledad y el silencio no engañan, la oscuridad  nos cubre y solo quedamos nosotros. Nosotros con lo que sentimos, lo que pensamos, lo que tenemos, lo que soñamos, lo que nos duele... Nosotros y ese peso de vivir insatisfechos, porque irónicamente la armadura pesada o el fastidioso disfraz pesa menos que responderle a la vida sus cuestiones.
En la noche todo vuelve a ser real y la almohada declara la guerra. Todo es verdad y la verdad siempre duele. En la noche nos encontramos cara a cara con quienes originalmente somos, con la debilidad, el temor, el desamor, la cobardía, las pérdidas, la culpa, el fracaso, la frustración, la angustia y la cuenta regresiva.
No hay escondites ni salidas, solo queda la confrontación, la parte de nosotros que justifica cómo actuamos y nos mantiene a flote y con la cordura a medias mientras permanece en disputa constante con la parte que juzga, que nos hunde y es cruel pero objetivamente hiriente. 
En la noche los demonios nos torturan; los de antes, los de ahora, los que vendrán, los de adentro, los de afuera... El pasado regresa a cobrar cuentas y el futuro te mira burlón restregándote que el tiempo no se detiene. Descubrimos que no hay Chanel que cubra lo más podrido de nuestro interior, ni Jolie que disimule el cansancio de estar vivo o lo horripilante de nuestro ser real. 
No hay iglesia que conforte o amigo que distraiga, no hay alcohol o droga que nuble el pensar o amor que ilusione y brinde felicidad.
En la noche está lo oscuro, lo feo, lo triste, lo tóxico, lo cruel y lo doloroso en su resplandor.
En la noche estamos con lo que somos y lo que más odiamos de nosotros mismos; nos odiamos, nos rendimos, nos culpamos, nos arrepentimos, lloramos, queremos huir o morir. Y entonces cerramos los ojos y escapamos de la única forma que podemos, si se nos permite dormir y apagar la mente... Y morir por horas para volver al día, a caminar bajo el sol no siendo nosotros, solo siendo uno más. 





martes, 9 de octubre de 2012

Carta I: Confesiones a un amigo con derechos.


Octubre 8 de 2012.
Querido amigo:
Soy pésima expresando lo que siento, tú lo sabes de primera mano. Las palabras se esconden de mí y me cuesta demasiado hacerlo; sería todo fácil si pudieras leer mi mente y sé que nada te gustaría más, aunque mis pensamientos podrían ser un arma de doble filo. A pesar de todo, tomé la decisión de escribirte ya que insistes en atiborrarme de preguntas; qués, cómos, cuándos, por qués, dóndes, para qués, quiénes… Las respondo mil veces para mí misma pero se pierden en los laberintos de mi cerebro y huyen cada vez que intento hacerlas salir, y no sé si seré capaz de entregarte esto o de ser clara mientras lo escribo pero puedes contar con que al menos lo intenté.
No te amo, o bueno, no me atrevería a decir tal cosa porque no te amo como algo más de lo que somos. Ni siquiera me atrevo a afirmar que estoy enamorada de ti, aunque no niego que algunas veces todo se torna caótico. Entonces me alejo, huyo y salgo corriendo lejos como la cobarde que dices que soy, me refugio en la distancia fría y espero que todo vuelva al orden. Algún día quizá cambiarán los papeles, de hecho me temo que ese día haya llegado. 
Te quiero… Sí, mucho. No sé si te sirva de algo y soy consciente de mis limitaciones para demostrarlo, sé que incluso nunca te lo digo. Mis abrazos son extraños, más bien incómodos, y lo noto en tu rostro cada vez que lo hago, sin embargo, es lo que puedo darte. Incluso debo decir que por más que me esfuerce en que mis demostraciones afectivas parezcan naturales contigo, siempre terminan pareciendo accidentales. 
Tú en cambio eres tan cálido, te fluyen las caricias, los besos y algún te quiero que no puedes contener más. A veces me asusto porque pienso que te enamoraste de mí, hasta que me calmo y mi razón me dice que sencillamente así eres tú; paradójicamente eso es lo que más me gusta y necesito de ti.
Eres consentidor y cariñoso, y yo en el fondo una consentida que necesita ese motor para sentirse en paz. Por eso y más te extraño cuando no puedo verte o escucharte y solo me queda la compañía de tu foto en mi cartera.
Y en el fondo, sé que tú lo sabes. Te has acostumbrado a descifrarme, a entender cada uno de mis gestos, de mis silencios y mis bizarros y accidentales cariños. Me conoces, no sé hasta qué punto con claridad, pero me conoces aun cuando no me permito abrirme totalmente a ti.
Te pediría paciencia pero ya debes haberla agotado. No obstante, sabrás que no es fácil para mí hacerlo; todo en mi cabeza está meticulosamente planeado y estructurado, cada decisión, comportamiento o palabra han sido pensados y analizados una y otra vez con sus respectivas consecuencias. Y aunque confío en que no notes todo, sé que no eres tonto aunque eres tan bueno como yo en aparentar serlo.
Has sido mi soporte y mi refugio, eres como la droga que me hace olvidar todo cuanto puede dolerme y por eso, cuando el dolor se apodera de mí busco desesperadamente tus besos, tu abrazo, tus caricias, tu cuerpo; me embriago en tu aroma y olvido todo mientras me pierdo en ti y me encuentro en la sincronía de nuestra anatomía.
He pensado que de alguna u otra forma te uso pero, ¿No haces tú lo mismo conmigo? ¿No mitigas tu nostalgia o tu soledad cuando somos uno?  No me justifico, o quizá inconscientemente intente hacerlo pero, solo puedo pensarlo de esta manera para no sentirme una más del montón de zorras de la que denigras constantemente.
¿Y qué me dices de los celos? ¿Acaso soy la única que los ha sentido? En realidad de eso no estoy tan segura, tu afirmas nunca haberlos tenidos pero tu furia de poseerme después de mis affairs temporales es la misma que palpita aturdiéndome desde ese día en que me hablaste de ella. Sí, de esa tipa con título. Siento envidia y me duele, me frustra pensar que puedes ser de alguien más. Y estoy convencida que en este preciso instante piensas “no soy una propiedad”, y si bien es cierto que no eres un objeto, si eres la persona que quiero a mi lado.
Sueno egoísta, me escucho y todo vuelve a ser confuso, te quiero a mi lado y te quiero para mí, pero no estoy segura de quererte con título como te quiere ella. Y sin embargo, muero de celos, y pienso en que si te lastiman de nuevo no sé de qué sería capaz. Mereces ser feliz, quiero que lo seas, pero el miedo o lo que sea me cohíbe de hacerte feliz por mi cuenta, entonces solo puedo aceptar que ella, mucho más valiente y decidida, asuma el reto de hacerte sonreír todos los días.
Notaste la frustración en mi abrazo la última vez, y por primera vez fluyó; te abracé y recorrí tu rostro con mis dedos, te miré una y otra vez, te besé delicadamente, y luego con desesperación, saboreé tus labios y mis manos te gritaron que no quiero dejarte ir. No, no quiero dejarte ir, aunque no te lo haya dicho en ese momento y quizá no seas capaz de decirlo al mirarte a los ojos porque tampoco me atrevo a pedirte que te quedes sin tener algo que ofrecer más allá de lo que ya te he dado. En este punto no me hubiera parecido tan mala la idea de que estuvieras enamorado de mí.
Por eso, al final de esta carta, que no es más que una lista de pensamientos aleatorios sobre ti, lo único que puedo pensar es en seguir guardando silencio. Porque prefiero que seas mi amigo y no un recuerdo, y prefiero en honor a todo lo que me haces sentir y lo que te debo, dejarte ir aunque no quiera porque me importa más ver esa sonrisa en tu rostro. Te quiero, sí, aunque nunca te lo digo y no sé si te lo diré. Te quiero sin cómos, cuándos o por qués. Te quiero. 

Tu amiga sin derechos. 


  
Amigo, sigues empeñada en ser mi amigo,
que me cambie el corazón de sitio,
no llevo el amor en un bolsillo.
Insisto, soy parte de tu piel no soy tu amigo,
soy el padre imposible de tus hijos,
no creas que no he pensado lo que digo.


En honor a mi gran amiga en la distancia, a una amiga que perdió los derechos o al amigo que los perdió con ella. Mrs Bing, Con profundo afecto y con mi amistad y gratitud eternas. 


viernes, 24 de agosto de 2012

En el último día de su vida.


En el último día de su vida despertó desde temprano. Terminó de pintar el cuadro que llevaba meses inconcluso. Luego se fue al cine a ver un drama, comer crispetas y llorar lo que no había llorado en los días anteriores al último día de su vida.
En el último día de su vida rentó por horas endorfinas en dos ruedas; tomó esa bicicleta y rodó y rodó por la ciudad. Corrió en contra vía, a todo lo que dieron sus piernas; y sintió la brisa, se sintió volar como otras tantas veces lo había conseguido de la misma forma.
Hizo estación en el mar, en el último día de su vida, para sentir el calor del sol, para olfatear la sal, saborear la libertad y ver el atardecer, ver la muerte solar como pronto llegaría la suya. Entonces pensó en el día anterior al último día de su vida.
El día anterior disfrutó a la familia. Los invitó a almorzar, los hizo reír con sus mejores ocurrencias, las últimas ocurrencias. Y esa fue su manera de decirles cuántos los amaba sin despertar sospechas de la cercanía del último día de su vida.
El día anterior pasó lo que restaba de la tarde con el hombre que amaba, que amó desde el primer momento en que cruzaron la primera palabra y que amaría porque sabía que si el amor realmente existía en este mundo, debía ser eso que solo conoció hasta tenerlo en sus brazos. Le hizo el amor con la esperanza de morir en ese instante, pero era demasiado pedir. Le susurro tantos Te amo como pudo, para marcharse más liviana y para dejarle los suficientes y necesarios para el resto de su ausencia.
En la noche anterior al último día de su vida, salió con los amigos, los de siempre, los de verdad; los llevó al mismo bar y luego a bailar para desgastar sus pies y tomar hasta la imposibilidad de dejar de sonreír; cantó, rió y el alcohol la excuso para abrazar a su antojo sin ser descubierta.
Esa madrugada, la anterior al último día de su vida, decidió que su último día sería un obsequio para sí misma. El día que nunca se tomó para caminar andariega sin adornos ni compañías, siendo egoísta, para ser totalmente ella, para respirar y recoger las fracciones de alma, para no dejarles más de ella.
Se drogó por segunda y última vez, y durmió abrazada a la alucinación con nombre propio de su deseo más profundo, de su sueño más hermoso.
Su mente volvió entonces a el último día de su vida, sonrió para si misma y retomó la bicicleta. Fotografió como siempre había querido todo cuanto pudo, y compró un álbum que sería su único legado, para ser recordada como se veía justo el último día de su vida.
Se miró en la última foto y respiró tranquila, ligera, en paz. Recogió todo y regresó a casa.
En el último día de su vida cenó con la familia y procedió a dar las buenas noches. Su efusividad fue atribuida al día libre que había tomado.
Se acostó en su cama, encendió la música y vibró con ella por última vez preguntándose si mientras moría Dios le permitiría tener soundtrack; después de tenerlo en vida, no esperaba que su partida fuese diferente. Cerró los ojos hasta caer en un sueño profundo.
La mañana siguiente al último día de su vida abrió los ojos y empezó a llorar desconsolada. No murió el día que se suponía, sería el último de su vida; estaba viva, inhalando y exhalando, en la misma cama, la misma casa, el mismo asqueroso mundo que se había alistado para abandonar. De repente empezó a reír a carcajadas cada vez más sonoras, ante la ironía del Universo y su exquisito humor negro.
Supo entonces que seguiría regada entre la gente, perdiéndose en las rutinas, desbaratándose en las personas; y se resignó a existir hasta que Murphy buscara otra víctima para trollear.
Supo que ya ni siquiera tendría lo único que se atrevió a pedir, un último día, SU último día, porque había perdido todo sentido y solo se levantó a vivir, a esperar que le cumplan la promesa fallida del último día de su vida.

jueves, 23 de agosto de 2012

Desencuentros


Personas yendo y viniendo. Justamente eso, ires y venires.
Ciclos, etapas que pasar, experiencias que vivir…
Unas incompletas, otras cerradas pero siempre desembocan en meditar mi ser en el mundo.
Ese momento crítico, ese despertar, para realizar cambios necesarios o simplemente tener una revelación, ver la luz y darme cuenta que no soy la misma, cambia mi ser y mis relaciones; cambia el mundo, como lo percibo, como lo siento, como existo en él.
Entonces siento que ya no encajo, que los sitios frecuentados son ahora recuerdos lejanos y difusos, que el ambiente pesa y resulta enfermizo, que los olores y los colores de todos los días me aturden, que los sonidos rechinan en mis oídos y prevalece un sabor amargo.
Entonces me cuestiono qué hago con esas personas que me rodean, a quienes quise o quiero, quienes significaron mucho o poco, bien o mal, pero que ahora me resultan desconocidos, extraños, entes aislados.  
Y las conversaciones son vanas, mi cuerpo está ahí, en la mitad de todos mientras todo pasa; mi mente está dispersa, en otros lugares, otras gentes, pensamientos alejados de todo eso que parece discurrir rápidamente mientras parpadeo y mi psiquis parece suspendida en otros mundos.
Mis palabras son las adecuadas para el contexto, pero no las que siento o realmente pienso; incluso en esos momentos mi voz suena distinta, casi que a la voz de alguien más, mientras dentro del caos de mi cabeza algún pensamiento sensato se pregunta qué babosadas estoy verbalizando.
Lo que antes era cómodo, confortable, seguro, pacífico, mío… deja de serlo, y se convierte en una maraña de cosas oscuras, cargadas, absurdas, densas, fastidiosas, deprimentes y abrumantes.
Es justo en ese momento, cuando empiezo a tomar distancias… Cuando siento los dolores y las cuentas pendientes, los errores, las palabras hirientes, las ausencias, todo lo ignorado; las diferencias surgen todas juntas y termino apartándome de quienes hasta ahora había llamado amigos.
Me doy cuenta de quienes lo han sido, lo son y lo serán, con sus formas particulares de quedarse en mi vida; me doy cuenta de quienes lo fueron pero por cosas del destino o de elecciones de caminos distintos debemos seguir cada uno por su lado; me doy cuenta de quienes parecieron serlo, cumplieron su labor, sea cual sea, en mi vida y ya es hora de que se retiren; me doy cuenta de quienes consideré así, sin importarme un céntimo ni esperar nada, mientras solo robaban pecios de mi alma o me estancaban; con quienes cuento y con quienes no, para qué están y si vale la pena la intencionalidad de su presencia, o si solo fueron seres tóxicos que tenía que conocer para aprender algo.
En esos momentos de devenir, de despertar de la conciencia y de movilización de la voluntad, es cuando concluyo que mientras más me encuentro conmigo misma, más me desencuentro con algunos otros.




Relato misantrópico

Su caja de cristal la protegía. Las emociones y sentimientos no podían tocarla, y lo único que respiraba era la tranquilidad de estar lejos de la gente y del maldito mundo. No le importaba vivir en el letargo del vacío, viendo circular constantemente imágenes de lo que había sido su vida, que desfilaban sin orden pero con todo el sentido.

Su mente despierta aún, era una observadora de la lucha entre su perro de arriba y su perro de abajo, y entre más fluían sus ideas, más consciente era de que su tarro de basura estaba a rebosar; Perls la torturaba por esos días.
Y así hubiera seguido en el discurrir del tiempo, del que hacía mucho se había desconectado hasta que su fuerte fue profanado por todos los sentimientos y emociones existentes, y fue arrojada al mundo que tanto aborrecía.

Cayó durante el Carnaval de los personajes siniestros… La bienvenida fue dada por el payaso coronado, cuya risa era una mueca y sus chistes eran mordaces críticas a cuanto ser vivo cruzaba por su camino; triste defensa para no admitir que sin importar su abolengo y reconocimientos en el reino, su existencia era sombría y patética por su inmensa egolatría que lo alejaba del amor que tanto anhelaba.

Detrás del payaso brincaron dos criaturas…el primero, el Mimo Olvidadizo, fabuloso imitador de vidas y creador de historias, quien duraba tanto tiempo maquillado que perdía las memorias de su vida real y las mezclaba con sus abundantes fantasías. El segundo, el Enano gruñón, de apariencia bastante llamativa, igual o más ególatra que el payaso pero de interior amargo, pues perdió su corazón en algún lugar del bosque y aún intenta encontrarlo.

Los tres cogidos de la mano danzando la rodearon y ella empezó a sentirse asfixiada…Logró escabullirse por debajo de sus manos y tropezó entonces con el perverso Titiritero, coleccionista de marionetas y experto estratega; colgando de su mano derecha llevaba una Muñeca tuerta que entonaba una melodía fastidiosa, tenía mejillas rosadas y sonrisa pícara y había perdido un ojo al ser amarrada por él y por el ojo que le quedaba, lo veía todo hacia fuera y a la vez nada hacia dentro.

Una vez más se sintió invadida y huyó despavorida temiendo que su libertad fuera robada pero en su camino se atravesó un hermoso y noble corcel blanco llevado por el Príncipe cadáver y transportando a la Princesa con la máscara de perfección y su sonrisa permanente, que ocultaban la ramera incitante que tanto reprimía y disfrazaban de ternura su abundante hipocresía. Sintió asco y a la vez sonrío para sí misma ante el ridículo acto e hizo la reverencia obligada siguiendo su camino antes que a la damisela se le diera por mostrar su verdadera naturaleza y quisiera pisotearla con su caballo.

La Muñeca descarada salió casi de la nada, danzando y riendo a carcajadas; lucía vestido y tacones rojos, y el cabello negro como su conciencia pero postizo como su ilusoria independencia; esa sí que no conocía la represión y el amor propio lo dejó abandonado en la cueva donde encontró el tesoro, esa fue su perdición. Ella la miró con repulsión, sintió lastima al verla vacía pero también repugnancia de su sucio estado de juguete usado de mano en mano y tirado una y otra vez.

De repente, sacándola de sus cavilaciones, sintió en su cuello la respiración agitada de una bestia babeante; el lobo mostró sus dientes y lanzó sus garras, ella lo esquivo y casi milagrosamente oscureció, salió la Luna y otras tantas bonitas Muñecas huecas lo distrajeron de su objetivo y él como siempre, lascivo y básico corrió tras las presas fáciles.
Ella se escondió detrás de un árbol esperando un respiro de tan agobiante algarabía pero la risa tenebrosa de La Bruja del bosque la obligó a emprender de nuevo la huída; suficiente tenía con lo visto como para añadir demonios o espectros intentado robar los rastros de Luz de su alma.

Ahora a oscuras, sentía latir su corazón fuertemente, tanto que temía ser escuchada por alguna otra criatura nefasta. Caminó con cautela rogando ser invisible, salió del bullicio del desfile y encontró un camino solitario pero silencioso…Solo divisó a lo lejos al Don Juan de palabras baratas, al Indeciso que tiraba la moneda de cara y sello sin nunca elegir alguna, a la Joker con sus interminables juegos y a La Gran Serpiente amarrada de la cola al Tótem de piedra del Flautista por obra de la Anciana Vudú y su ejército de sombras.

Ya casi sin aliento y algo desorientada, vio salir el Sol y por primera vez, desde su caída, sintió paz. Luego fue abrumada por todas las emociones y sentimientos, se sintió agobiada y perturbada, como hacía tanto no lo hacía, lloró, gritó y maldijo, se sintió inmundamente viva y recordó ese día por qué odiaba al mundo.


domingo, 5 de agosto de 2012

Dentro y fuera del tarro de basura.


Temblor en las manos, vacío estomacal, garganta cerrada, presión en el pecho,
Aire denso, cabeza a explotar, caos mental, saturación de pensamientos,
Mirada perdida, ojos de limón y sal, peso encima, piernas agitadas, palabras atascadas,
Morderse los labios, amarrarse la lengua, comerse las uñas, pellizcarse los dedos.
Quemarse por dentro, ir contra la corriente, entumecimiento del cuerpo.
Ansiedad, frustración, incertidumbre, tristeza, decepción, debilidad,
Mala vibra, presentimientos, resentimientos, ataques, defensas,
Melancolía, nostalgia, dolor, zozobra, fastidio, cansancio, ahogo,
Errores, dudas, temor, miedo, pánico, aire tóxico, condicionales,
Claustrofobia, estar atrapada, rutinas, vulnerabilidad, necesidad de paz, ganas de huir,
Salir corriendo, irse lejos, ganarle ventaja al pasado.
De la conexión con la emoción, el bloqueo y otros aspectos gestálticos.
Del dilema de sentirse inmundamente viva o desensibilizarse y parecer muerta,
Del arte de evitar el síntoma delator.
Cerrar los ojos, escabullirse una lágrima silenciosa, esconder el rostro,
Audífonos a los oídos para apagar el mundo y no escuchar las voces gritando improperios…
Las de ella, las de su cabeza, las de adentro y afuera.
Perro de arriba, perro de abajo. Perls insiste, persiste; Dentro y fuera del tarro de basura,
Reevaluar, reorganizar, reiniciar...Decidir. 
Del miedo a vivir, a responder, a ser libre, a sentir...
Angustia, soledad, amor, miedo, sentido, vivir, morir…Existir. 
Callar, soportar, no aguantar, gritar, llorar, respirar, dormir, esperar. 
Días así, días de mierda.