martes, 23 de octubre de 2012

A los 12 años.


Verte crecer y presentir tu camino,
Verte llorar por el amor ausente, 
Verte sufrir por el amor silente, 
Verte esperar señales que nunca aparecieron.

Abrazarte, mientras me aturden tus gritos,
Sentir tu dolor en mi pecho,
Derramar una lágrima muda contigo,
Por darte ánimos, por parecer fuerte,
Por todos los sueños que ese día en ti murieron,
Los imposibles, los que en realidad te asesinaron.
Te mataron por dentro.

A los 12 años lloré contigo,
sin que pudieras sentirlo, sin que pudieras verlo.
Lloré porque lloraba un niño,
Lloré porque supe que era el día de tu muerte.

Cambios, penumbras, 
Ojos apagados, ojos muertos,
Tan muertos como el ideal que tenías de tu madre,
Tan tristes como la impotencia que debió sentir tu padre.
Tan solos, tan idos...
Sin alma, sin bríos.

Tan rojos de llorar o de drogarte,
Tan opacos divagando en otros mundos.
Tu voz se hizo un hilo, tu alegría te abandonó.
Hasta tu cuerpo tomó forma de cadáver,
Perdiste cuántos kilos?

Dejar de verte. No escucharte.
Orar por ti, por luz en tu camino.
Temer lo que presentí,
Lo que a los 12 años vi en tu destino.

Dejar de verte e imaginarte,
en tu carrera suicida, en tu muerte buscada,
no la de tu alma que fue destruida,
no la de tu espíritu, si ya no sientes nada.

Verte de lejos un par de veces,
Verte vagando, verte como un extraño.
El extraño en que te convertiste desde los 12 años,
Acordarme del niño que aun me duele,
Del que creció conmigo y tomaba mi mano,
Pensar que te me fuiste y aun a pesar del tiempo,
Vivir matando esperanzas que sé, serán en vano.

Pensarte y elevar plegarias,
Porque al menos cuando te llegue la hora,
No sea para ti una agonía, 
No tenga ese trance ninguna demora.

Llorarte en silencio como siempre lo hago,
Resignación. Angustia. Melancolía.
De nuevo resignación. 
Seguir con mi vida, guardarte luto en cada pensamiento.

Pensarte días seguidos,
Y como hoy, temer el aviso
Que nos confirme que ya te has ido,
Que no te veremos, que se ha cumplido
El vaticinio que vivimos temiendo. 
A pesar de todo, tengo un especial ruego,
Que donde estés puedas sentir,
Que te hemos querido.
Te perdonamos.
Perdona.
Te seguimos queriendo.



Por más discusiones que haya dentro de tu casa,
Por más que creas que tu amor es causa perdida,
Ten la seguridad de que ellos te quieren
Y que ese cariño dura toda la vida. 




De la noche.


Bajo el sol deambulamos siendo parte de la masa. El trabajo, la familia, los amigos, el bus, el restaurante, el cine, el parque, las escuelas, la plaza, la oficina, el hospital, el estadio, el café, el bar ... Todo de todos y donde están todos.
Y se es el que para bien o para mal termina encajando en la Zoociedad. Toma vida el disfraz, la máscara, el maquillaje, el antifaz; que juega su papel en el teatro gigante de la dichosa convivencia.
Unos menos ocultos bajo el ropaje, unos expertos actuando y otros pésimos pero nunca del todo genuinos.
En el día somos lo que nos imponemos ser para sobrevivir. Somos lo que las normas dicen, lo que la diplomacia y las buenas maneras imponen, lo que la moral y la religión exige, lo que el orgullo nos impulsa. Somos mierda de aquí y de allá, la sonrisa engañosa, el abrazo frío, la palabra vacía, el beso acostumbrado, el saludo obligado.
Así hasta que acaba el día. Entonces arremete la noche; la soledad y el silencio no engañan, la oscuridad  nos cubre y solo quedamos nosotros. Nosotros con lo que sentimos, lo que pensamos, lo que tenemos, lo que soñamos, lo que nos duele... Nosotros y ese peso de vivir insatisfechos, porque irónicamente la armadura pesada o el fastidioso disfraz pesa menos que responderle a la vida sus cuestiones.
En la noche todo vuelve a ser real y la almohada declara la guerra. Todo es verdad y la verdad siempre duele. En la noche nos encontramos cara a cara con quienes originalmente somos, con la debilidad, el temor, el desamor, la cobardía, las pérdidas, la culpa, el fracaso, la frustración, la angustia y la cuenta regresiva.
No hay escondites ni salidas, solo queda la confrontación, la parte de nosotros que justifica cómo actuamos y nos mantiene a flote y con la cordura a medias mientras permanece en disputa constante con la parte que juzga, que nos hunde y es cruel pero objetivamente hiriente. 
En la noche los demonios nos torturan; los de antes, los de ahora, los que vendrán, los de adentro, los de afuera... El pasado regresa a cobrar cuentas y el futuro te mira burlón restregándote que el tiempo no se detiene. Descubrimos que no hay Chanel que cubra lo más podrido de nuestro interior, ni Jolie que disimule el cansancio de estar vivo o lo horripilante de nuestro ser real. 
No hay iglesia que conforte o amigo que distraiga, no hay alcohol o droga que nuble el pensar o amor que ilusione y brinde felicidad.
En la noche está lo oscuro, lo feo, lo triste, lo tóxico, lo cruel y lo doloroso en su resplandor.
En la noche estamos con lo que somos y lo que más odiamos de nosotros mismos; nos odiamos, nos rendimos, nos culpamos, nos arrepentimos, lloramos, queremos huir o morir. Y entonces cerramos los ojos y escapamos de la única forma que podemos, si se nos permite dormir y apagar la mente... Y morir por horas para volver al día, a caminar bajo el sol no siendo nosotros, solo siendo uno más. 





martes, 9 de octubre de 2012

Carta I: Confesiones a un amigo con derechos.


Octubre 8 de 2012.
Querido amigo:
Soy pésima expresando lo que siento, tú lo sabes de primera mano. Las palabras se esconden de mí y me cuesta demasiado hacerlo; sería todo fácil si pudieras leer mi mente y sé que nada te gustaría más, aunque mis pensamientos podrían ser un arma de doble filo. A pesar de todo, tomé la decisión de escribirte ya que insistes en atiborrarme de preguntas; qués, cómos, cuándos, por qués, dóndes, para qués, quiénes… Las respondo mil veces para mí misma pero se pierden en los laberintos de mi cerebro y huyen cada vez que intento hacerlas salir, y no sé si seré capaz de entregarte esto o de ser clara mientras lo escribo pero puedes contar con que al menos lo intenté.
No te amo, o bueno, no me atrevería a decir tal cosa porque no te amo como algo más de lo que somos. Ni siquiera me atrevo a afirmar que estoy enamorada de ti, aunque no niego que algunas veces todo se torna caótico. Entonces me alejo, huyo y salgo corriendo lejos como la cobarde que dices que soy, me refugio en la distancia fría y espero que todo vuelva al orden. Algún día quizá cambiarán los papeles, de hecho me temo que ese día haya llegado. 
Te quiero… Sí, mucho. No sé si te sirva de algo y soy consciente de mis limitaciones para demostrarlo, sé que incluso nunca te lo digo. Mis abrazos son extraños, más bien incómodos, y lo noto en tu rostro cada vez que lo hago, sin embargo, es lo que puedo darte. Incluso debo decir que por más que me esfuerce en que mis demostraciones afectivas parezcan naturales contigo, siempre terminan pareciendo accidentales. 
Tú en cambio eres tan cálido, te fluyen las caricias, los besos y algún te quiero que no puedes contener más. A veces me asusto porque pienso que te enamoraste de mí, hasta que me calmo y mi razón me dice que sencillamente así eres tú; paradójicamente eso es lo que más me gusta y necesito de ti.
Eres consentidor y cariñoso, y yo en el fondo una consentida que necesita ese motor para sentirse en paz. Por eso y más te extraño cuando no puedo verte o escucharte y solo me queda la compañía de tu foto en mi cartera.
Y en el fondo, sé que tú lo sabes. Te has acostumbrado a descifrarme, a entender cada uno de mis gestos, de mis silencios y mis bizarros y accidentales cariños. Me conoces, no sé hasta qué punto con claridad, pero me conoces aun cuando no me permito abrirme totalmente a ti.
Te pediría paciencia pero ya debes haberla agotado. No obstante, sabrás que no es fácil para mí hacerlo; todo en mi cabeza está meticulosamente planeado y estructurado, cada decisión, comportamiento o palabra han sido pensados y analizados una y otra vez con sus respectivas consecuencias. Y aunque confío en que no notes todo, sé que no eres tonto aunque eres tan bueno como yo en aparentar serlo.
Has sido mi soporte y mi refugio, eres como la droga que me hace olvidar todo cuanto puede dolerme y por eso, cuando el dolor se apodera de mí busco desesperadamente tus besos, tu abrazo, tus caricias, tu cuerpo; me embriago en tu aroma y olvido todo mientras me pierdo en ti y me encuentro en la sincronía de nuestra anatomía.
He pensado que de alguna u otra forma te uso pero, ¿No haces tú lo mismo conmigo? ¿No mitigas tu nostalgia o tu soledad cuando somos uno?  No me justifico, o quizá inconscientemente intente hacerlo pero, solo puedo pensarlo de esta manera para no sentirme una más del montón de zorras de la que denigras constantemente.
¿Y qué me dices de los celos? ¿Acaso soy la única que los ha sentido? En realidad de eso no estoy tan segura, tu afirmas nunca haberlos tenidos pero tu furia de poseerme después de mis affairs temporales es la misma que palpita aturdiéndome desde ese día en que me hablaste de ella. Sí, de esa tipa con título. Siento envidia y me duele, me frustra pensar que puedes ser de alguien más. Y estoy convencida que en este preciso instante piensas “no soy una propiedad”, y si bien es cierto que no eres un objeto, si eres la persona que quiero a mi lado.
Sueno egoísta, me escucho y todo vuelve a ser confuso, te quiero a mi lado y te quiero para mí, pero no estoy segura de quererte con título como te quiere ella. Y sin embargo, muero de celos, y pienso en que si te lastiman de nuevo no sé de qué sería capaz. Mereces ser feliz, quiero que lo seas, pero el miedo o lo que sea me cohíbe de hacerte feliz por mi cuenta, entonces solo puedo aceptar que ella, mucho más valiente y decidida, asuma el reto de hacerte sonreír todos los días.
Notaste la frustración en mi abrazo la última vez, y por primera vez fluyó; te abracé y recorrí tu rostro con mis dedos, te miré una y otra vez, te besé delicadamente, y luego con desesperación, saboreé tus labios y mis manos te gritaron que no quiero dejarte ir. No, no quiero dejarte ir, aunque no te lo haya dicho en ese momento y quizá no seas capaz de decirlo al mirarte a los ojos porque tampoco me atrevo a pedirte que te quedes sin tener algo que ofrecer más allá de lo que ya te he dado. En este punto no me hubiera parecido tan mala la idea de que estuvieras enamorado de mí.
Por eso, al final de esta carta, que no es más que una lista de pensamientos aleatorios sobre ti, lo único que puedo pensar es en seguir guardando silencio. Porque prefiero que seas mi amigo y no un recuerdo, y prefiero en honor a todo lo que me haces sentir y lo que te debo, dejarte ir aunque no quiera porque me importa más ver esa sonrisa en tu rostro. Te quiero, sí, aunque nunca te lo digo y no sé si te lo diré. Te quiero sin cómos, cuándos o por qués. Te quiero. 

Tu amiga sin derechos. 


  
Amigo, sigues empeñada en ser mi amigo,
que me cambie el corazón de sitio,
no llevo el amor en un bolsillo.
Insisto, soy parte de tu piel no soy tu amigo,
soy el padre imposible de tus hijos,
no creas que no he pensado lo que digo.


En honor a mi gran amiga en la distancia, a una amiga que perdió los derechos o al amigo que los perdió con ella. Mrs Bing, Con profundo afecto y con mi amistad y gratitud eternas. 


viernes, 24 de agosto de 2012

En el último día de su vida.


En el último día de su vida despertó desde temprano. Terminó de pintar el cuadro que llevaba meses inconcluso. Luego se fue al cine a ver un drama, comer crispetas y llorar lo que no había llorado en los días anteriores al último día de su vida.
En el último día de su vida rentó por horas endorfinas en dos ruedas; tomó esa bicicleta y rodó y rodó por la ciudad. Corrió en contra vía, a todo lo que dieron sus piernas; y sintió la brisa, se sintió volar como otras tantas veces lo había conseguido de la misma forma.
Hizo estación en el mar, en el último día de su vida, para sentir el calor del sol, para olfatear la sal, saborear la libertad y ver el atardecer, ver la muerte solar como pronto llegaría la suya. Entonces pensó en el día anterior al último día de su vida.
El día anterior disfrutó a la familia. Los invitó a almorzar, los hizo reír con sus mejores ocurrencias, las últimas ocurrencias. Y esa fue su manera de decirles cuántos los amaba sin despertar sospechas de la cercanía del último día de su vida.
El día anterior pasó lo que restaba de la tarde con el hombre que amaba, que amó desde el primer momento en que cruzaron la primera palabra y que amaría porque sabía que si el amor realmente existía en este mundo, debía ser eso que solo conoció hasta tenerlo en sus brazos. Le hizo el amor con la esperanza de morir en ese instante, pero era demasiado pedir. Le susurro tantos Te amo como pudo, para marcharse más liviana y para dejarle los suficientes y necesarios para el resto de su ausencia.
En la noche anterior al último día de su vida, salió con los amigos, los de siempre, los de verdad; los llevó al mismo bar y luego a bailar para desgastar sus pies y tomar hasta la imposibilidad de dejar de sonreír; cantó, rió y el alcohol la excuso para abrazar a su antojo sin ser descubierta.
Esa madrugada, la anterior al último día de su vida, decidió que su último día sería un obsequio para sí misma. El día que nunca se tomó para caminar andariega sin adornos ni compañías, siendo egoísta, para ser totalmente ella, para respirar y recoger las fracciones de alma, para no dejarles más de ella.
Se drogó por segunda y última vez, y durmió abrazada a la alucinación con nombre propio de su deseo más profundo, de su sueño más hermoso.
Su mente volvió entonces a el último día de su vida, sonrió para si misma y retomó la bicicleta. Fotografió como siempre había querido todo cuanto pudo, y compró un álbum que sería su único legado, para ser recordada como se veía justo el último día de su vida.
Se miró en la última foto y respiró tranquila, ligera, en paz. Recogió todo y regresó a casa.
En el último día de su vida cenó con la familia y procedió a dar las buenas noches. Su efusividad fue atribuida al día libre que había tomado.
Se acostó en su cama, encendió la música y vibró con ella por última vez preguntándose si mientras moría Dios le permitiría tener soundtrack; después de tenerlo en vida, no esperaba que su partida fuese diferente. Cerró los ojos hasta caer en un sueño profundo.
La mañana siguiente al último día de su vida abrió los ojos y empezó a llorar desconsolada. No murió el día que se suponía, sería el último de su vida; estaba viva, inhalando y exhalando, en la misma cama, la misma casa, el mismo asqueroso mundo que se había alistado para abandonar. De repente empezó a reír a carcajadas cada vez más sonoras, ante la ironía del Universo y su exquisito humor negro.
Supo entonces que seguiría regada entre la gente, perdiéndose en las rutinas, desbaratándose en las personas; y se resignó a existir hasta que Murphy buscara otra víctima para trollear.
Supo que ya ni siquiera tendría lo único que se atrevió a pedir, un último día, SU último día, porque había perdido todo sentido y solo se levantó a vivir, a esperar que le cumplan la promesa fallida del último día de su vida.

jueves, 23 de agosto de 2012

Desencuentros


Personas yendo y viniendo. Justamente eso, ires y venires.
Ciclos, etapas que pasar, experiencias que vivir…
Unas incompletas, otras cerradas pero siempre desembocan en meditar mi ser en el mundo.
Ese momento crítico, ese despertar, para realizar cambios necesarios o simplemente tener una revelación, ver la luz y darme cuenta que no soy la misma, cambia mi ser y mis relaciones; cambia el mundo, como lo percibo, como lo siento, como existo en él.
Entonces siento que ya no encajo, que los sitios frecuentados son ahora recuerdos lejanos y difusos, que el ambiente pesa y resulta enfermizo, que los olores y los colores de todos los días me aturden, que los sonidos rechinan en mis oídos y prevalece un sabor amargo.
Entonces me cuestiono qué hago con esas personas que me rodean, a quienes quise o quiero, quienes significaron mucho o poco, bien o mal, pero que ahora me resultan desconocidos, extraños, entes aislados.  
Y las conversaciones son vanas, mi cuerpo está ahí, en la mitad de todos mientras todo pasa; mi mente está dispersa, en otros lugares, otras gentes, pensamientos alejados de todo eso que parece discurrir rápidamente mientras parpadeo y mi psiquis parece suspendida en otros mundos.
Mis palabras son las adecuadas para el contexto, pero no las que siento o realmente pienso; incluso en esos momentos mi voz suena distinta, casi que a la voz de alguien más, mientras dentro del caos de mi cabeza algún pensamiento sensato se pregunta qué babosadas estoy verbalizando.
Lo que antes era cómodo, confortable, seguro, pacífico, mío… deja de serlo, y se convierte en una maraña de cosas oscuras, cargadas, absurdas, densas, fastidiosas, deprimentes y abrumantes.
Es justo en ese momento, cuando empiezo a tomar distancias… Cuando siento los dolores y las cuentas pendientes, los errores, las palabras hirientes, las ausencias, todo lo ignorado; las diferencias surgen todas juntas y termino apartándome de quienes hasta ahora había llamado amigos.
Me doy cuenta de quienes lo han sido, lo son y lo serán, con sus formas particulares de quedarse en mi vida; me doy cuenta de quienes lo fueron pero por cosas del destino o de elecciones de caminos distintos debemos seguir cada uno por su lado; me doy cuenta de quienes parecieron serlo, cumplieron su labor, sea cual sea, en mi vida y ya es hora de que se retiren; me doy cuenta de quienes consideré así, sin importarme un céntimo ni esperar nada, mientras solo robaban pecios de mi alma o me estancaban; con quienes cuento y con quienes no, para qué están y si vale la pena la intencionalidad de su presencia, o si solo fueron seres tóxicos que tenía que conocer para aprender algo.
En esos momentos de devenir, de despertar de la conciencia y de movilización de la voluntad, es cuando concluyo que mientras más me encuentro conmigo misma, más me desencuentro con algunos otros.




Relato misantrópico

Su caja de cristal la protegía. Las emociones y sentimientos no podían tocarla, y lo único que respiraba era la tranquilidad de estar lejos de la gente y del maldito mundo. No le importaba vivir en el letargo del vacío, viendo circular constantemente imágenes de lo que había sido su vida, que desfilaban sin orden pero con todo el sentido.

Su mente despierta aún, era una observadora de la lucha entre su perro de arriba y su perro de abajo, y entre más fluían sus ideas, más consciente era de que su tarro de basura estaba a rebosar; Perls la torturaba por esos días.
Y así hubiera seguido en el discurrir del tiempo, del que hacía mucho se había desconectado hasta que su fuerte fue profanado por todos los sentimientos y emociones existentes, y fue arrojada al mundo que tanto aborrecía.

Cayó durante el Carnaval de los personajes siniestros… La bienvenida fue dada por el payaso coronado, cuya risa era una mueca y sus chistes eran mordaces críticas a cuanto ser vivo cruzaba por su camino; triste defensa para no admitir que sin importar su abolengo y reconocimientos en el reino, su existencia era sombría y patética por su inmensa egolatría que lo alejaba del amor que tanto anhelaba.

Detrás del payaso brincaron dos criaturas…el primero, el Mimo Olvidadizo, fabuloso imitador de vidas y creador de historias, quien duraba tanto tiempo maquillado que perdía las memorias de su vida real y las mezclaba con sus abundantes fantasías. El segundo, el Enano gruñón, de apariencia bastante llamativa, igual o más ególatra que el payaso pero de interior amargo, pues perdió su corazón en algún lugar del bosque y aún intenta encontrarlo.

Los tres cogidos de la mano danzando la rodearon y ella empezó a sentirse asfixiada…Logró escabullirse por debajo de sus manos y tropezó entonces con el perverso Titiritero, coleccionista de marionetas y experto estratega; colgando de su mano derecha llevaba una Muñeca tuerta que entonaba una melodía fastidiosa, tenía mejillas rosadas y sonrisa pícara y había perdido un ojo al ser amarrada por él y por el ojo que le quedaba, lo veía todo hacia fuera y a la vez nada hacia dentro.

Una vez más se sintió invadida y huyó despavorida temiendo que su libertad fuera robada pero en su camino se atravesó un hermoso y noble corcel blanco llevado por el Príncipe cadáver y transportando a la Princesa con la máscara de perfección y su sonrisa permanente, que ocultaban la ramera incitante que tanto reprimía y disfrazaban de ternura su abundante hipocresía. Sintió asco y a la vez sonrío para sí misma ante el ridículo acto e hizo la reverencia obligada siguiendo su camino antes que a la damisela se le diera por mostrar su verdadera naturaleza y quisiera pisotearla con su caballo.

La Muñeca descarada salió casi de la nada, danzando y riendo a carcajadas; lucía vestido y tacones rojos, y el cabello negro como su conciencia pero postizo como su ilusoria independencia; esa sí que no conocía la represión y el amor propio lo dejó abandonado en la cueva donde encontró el tesoro, esa fue su perdición. Ella la miró con repulsión, sintió lastima al verla vacía pero también repugnancia de su sucio estado de juguete usado de mano en mano y tirado una y otra vez.

De repente, sacándola de sus cavilaciones, sintió en su cuello la respiración agitada de una bestia babeante; el lobo mostró sus dientes y lanzó sus garras, ella lo esquivo y casi milagrosamente oscureció, salió la Luna y otras tantas bonitas Muñecas huecas lo distrajeron de su objetivo y él como siempre, lascivo y básico corrió tras las presas fáciles.
Ella se escondió detrás de un árbol esperando un respiro de tan agobiante algarabía pero la risa tenebrosa de La Bruja del bosque la obligó a emprender de nuevo la huída; suficiente tenía con lo visto como para añadir demonios o espectros intentado robar los rastros de Luz de su alma.

Ahora a oscuras, sentía latir su corazón fuertemente, tanto que temía ser escuchada por alguna otra criatura nefasta. Caminó con cautela rogando ser invisible, salió del bullicio del desfile y encontró un camino solitario pero silencioso…Solo divisó a lo lejos al Don Juan de palabras baratas, al Indeciso que tiraba la moneda de cara y sello sin nunca elegir alguna, a la Joker con sus interminables juegos y a La Gran Serpiente amarrada de la cola al Tótem de piedra del Flautista por obra de la Anciana Vudú y su ejército de sombras.

Ya casi sin aliento y algo desorientada, vio salir el Sol y por primera vez, desde su caída, sintió paz. Luego fue abrumada por todas las emociones y sentimientos, se sintió agobiada y perturbada, como hacía tanto no lo hacía, lloró, gritó y maldijo, se sintió inmundamente viva y recordó ese día por qué odiaba al mundo.


domingo, 5 de agosto de 2012

Dentro y fuera del tarro de basura.


Temblor en las manos, vacío estomacal, garganta cerrada, presión en el pecho,
Aire denso, cabeza a explotar, caos mental, saturación de pensamientos,
Mirada perdida, ojos de limón y sal, peso encima, piernas agitadas, palabras atascadas,
Morderse los labios, amarrarse la lengua, comerse las uñas, pellizcarse los dedos.
Quemarse por dentro, ir contra la corriente, entumecimiento del cuerpo.
Ansiedad, frustración, incertidumbre, tristeza, decepción, debilidad,
Mala vibra, presentimientos, resentimientos, ataques, defensas,
Melancolía, nostalgia, dolor, zozobra, fastidio, cansancio, ahogo,
Errores, dudas, temor, miedo, pánico, aire tóxico, condicionales,
Claustrofobia, estar atrapada, rutinas, vulnerabilidad, necesidad de paz, ganas de huir,
Salir corriendo, irse lejos, ganarle ventaja al pasado.
De la conexión con la emoción, el bloqueo y otros aspectos gestálticos.
Del dilema de sentirse inmundamente viva o desensibilizarse y parecer muerta,
Del arte de evitar el síntoma delator.
Cerrar los ojos, escabullirse una lágrima silenciosa, esconder el rostro,
Audífonos a los oídos para apagar el mundo y no escuchar las voces gritando improperios…
Las de ella, las de su cabeza, las de adentro y afuera.
Perro de arriba, perro de abajo. Perls insiste, persiste; Dentro y fuera del tarro de basura,
Reevaluar, reorganizar, reiniciar...Decidir. 
Del miedo a vivir, a responder, a ser libre, a sentir...
Angustia, soledad, amor, miedo, sentido, vivir, morir…Existir. 
Callar, soportar, no aguantar, gritar, llorar, respirar, dormir, esperar. 
Días así, días de mierda.